Un farol que se enciende

Jaume Casals, Rector de la Universitat Pompeu Fabra

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Más allá de las consecuencias económicas de la crisis provocada por la Covid-19, parece cada vez más claro que esta tendrá, también, derivadas de carácter político, social, cultural, educativo o científico que condicionarán nuestra manera de vivir y de entender un mundo, que, tal como lo habíamos conocido hasta ahora, se desvanece. Este puede ser un buen momento para repensar y priorizar aquellos aspectos vitales para el desarrollo sostenible y el progreso de nuestras sociedades.

El Cercle d’Economia continua la conversación con destacados actores de nuestro entorno para tratar de reflexionar y aportar ideas sobre lo que está pasando y cómo se van configurando, desde este momento, las opciones para construir el día siguiente.

«Es justo ahora cuando se ve, como si se hubiera encendido un farol que normalmente está apagado, para qué sirve la universidad.»

Jaume Casals, Rector de la Universitat Pompeu Fabra

Los buenos amigos del Cercle d’Economia me invitan a echar un vistazo a la universidad confinada en pleno coronavirus y escribir una píldora de buen tragar.

1/ La primera idea en la que pienso es «solidez». Cada uno conoce su propia universidad y un poco las otras. Pues bien, estoy convencido de que las universidades catalanas han ofrecido una respuesta sólida al confinamiento de los cientos de miles de estudiantes y las decenas de miles de personal. Prácticamente sin tiempo de preparación ha pasado a una actividad docente y de investigación virtual, no presencial. ¿Qué se pierde? La mayor parte de lo que hemos hecho siempre, de lo que sabemos hacer mejor. Pero ¿una vez aceptada la pérdida, que quedará? En primer lugar, habrá mucho ruido, muchas opiniones difundidas sin mucha prudencia, basadas en buena parte en el estado de ánimo nervioso que deriva del confinamiento obligatorio y del miedo.

Todo el mundo está ya viviendo las dificultades y el agobio del cambio aparentemente drástico de método docente. Cada uno encuentra sus inconvenientes particulares. Esto es inevitable y lógico. Pero, al mismo tiempo, soy testigo de un fenómeno extraordinario: la apreciación mayoritaria del esfuerzo común, de la posibilidad de participar y de la satisfacción de obtener buenos resultados en este panorama tan adverso y con un horizonte de fechas tan impreciso para el retorno a la normalidad.

La universidad ha demostrado, por la buena voluntad y el talento de sus miembros (estudiantes, profesores y staff), una gran solidez, y saldrá con una gran dignidad (en docencia, que incluye las evaluaciones pertinentes, en investigación y en innovación y transferencia, es decir, en toda la actividad académica).

2/ Después tenemos que hablar del «cambio», de una «revolución inteligente» en la administración de los efectos académicos derivados de esta experiencia. En mi universidad teníamos un proyecto de gran alcance, que tenía como objetivo, por decirlo rápido, la intensificación de la presencialidad. Se trataba de aprender, en nuestra época, a valorar con más severidad el sentido y las virtudes de la enseñanza presencial. Y, naturalmente, de administrar correctamente los resultados de esta valoración. ¿Qué es lo que aporta verdaderamente el trabajo directo, en compañía mutua, en una sala real, de estudiantes y profesores hoy en día? A este proyecto les denominábamos y denominamos Edvolución, y empezaba tímidamente a hacer propuestas de mejora. De repente Edvolución se ha puesto en marcha: ya no hay quien pare este proyecto de revisión hasta los cimientos de la Universitat Pompeu Fabra. Quiero decir que me parece muy claro que esta etapa nos hace ir más deprisa en las mejoras organizativas y metodológicas de la enseñanza de la ciencia y la cultura. La velocidad es incómoda, pero ya no tenemos más remedio que instalarnos en ella por completo.

3/ El último concepto es «respuesta» o «misión social» de la universidad. La universidad debe pensarse siempre desde fuera. ¡Pobre monstruo inútil y caro de mantener, una universidad que se piensa sólo desde dentro, con sus problemas de siempre entre estamentos, con la falsa emulación intelectual y la hipocresía que las instituciones académicas arrastran desde la antigüedad! Repito, la universidad debe pensarse siempre desde fuera, y sólo después por dentro. En estos momentos está evidentemente obligada a prestar atención a los más desfavorecidos: los más desfavorecidos de los miembros de la comunidad y también los más desfavorecidos de todo el mundo. Debe dar facilidades a los que no tienen los recursos necesarios para la vida y para el estudio. Por dignidad y por no perder su talento.

Pero esta no es la única misión socialmente sensible que tenemos entre manos. No podemos dejar de lado el hecho de que las personas, con diversos grados de experiencia profesional, desde estudiantes a científicos de gran prestigio, están prestando un servicio vital a la sociedad precisamente en este momento. Justo ahora es cuando se ve, como si se hubiera encendido un farol que normalmente está apagado, para qué sirve la universidad.

Pero, al mismo tiempo, si ahora se ve, no es porque sólo sirva ahora. La cultura (que incluye también la cultura científica, claro) y la ciencia son el elemento de mayor utilidad que la humanidad tiene a su alcance. Yo nunca diré que lo que vale más de la vida es el progreso social. Pero creo en el progreso, creo fuertemente en el principio de que no todo vale, que no todo es posible, y que las cosas y los acontecimientos no son indiferentes en su paso por la vida. No todo vale igual, y el «es igual» debería estar en el infierno. Intentando dejar claro este punto, que no es fácil, quiero decir que nada como la ciencia y la cultura ha hecho verosímil la idea de progreso en nuestra vida. Trabajo de la universidad.

Un farol que se enciende

Jaume Casasl, Rector de la Universitat Pompeu Fabra

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