Segregación ¿Una trampa para pobres?

Benet Fusté Espargaró

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Benet Fusté Espargaró (1979). Sociólogo de formación. Trabaja en la administración pública, con un pie en las políticas de vivienda y el otro en servicios sociales. Edita el blog sobre políticas sociales https://lleiengel.cat/.

En septiembre del año 2018 la asociación Confluència.cat puso en marcha El Món de Demà un espacio de reflexión que, más allá de la información o la opinión, quiere acumular conocimiento constructivo a través de la voz de académicos y científicos sociales jóvenes o responsables institucionales que no son voces habituales del debate público. Cada quince días “El Món de demà está en el Cercle” pondrá al alcance del socio un artículo valioso de la propuesta que esta plataforma pone en circulación.

Quizás si leéis la palabra «segregación» daréis por hecho que el adjetivo «escolar» vendrá detrás. La segregación escolar es un problema que se ha hecho un hueco en la agenda política, especialmente desde que la investigación en educación ha demostrado que solo una parte pequeña de los logros en la escuela se explican por las prácticas pedagógicas y que la composición los centros educativos es un factor crucial en los procesos de aprendizaje.

Si las características del grupo tienen influencia sobre las trayectorias educativas individuales, parece presumible que la influencia del grupo también puede ser importante en otros escenarios. Durante años, la investigación en ciencias sociales ha dedicado esfuerzos a intentar documentar cómo los contextos -los puestos de trabajo, las familias, las redes sociales- dan forma a la experiencia y modulan las acciones y las oportunidades de las personas. Dentro de estas líneas de investigación ocupa un lugar destacado la que ha intentado demostrar «el efecto barrio»: cómo las características de los barrios influyen en las vidas de sus habitantes y cómo las interacciones entre las personas crean dinámicas sociales que condicionan los individuos.

Este «efecto barrio» intervendría a través de varios mecanismos muy parecidos a los que explican «el efecto compañeros» en la escuela. Puede afectar el clima del barrio y su reputación, a través de las normas sociales que establecen los grupos, lo que se ha llamado «eficacia colectiva«. Puede condicionar la motivación y las aspiraciones de los niños y jóvenes, ya que la ausencia de referentes hace que tengan bajas expectativas respecto a sus propios logros. O puede estar vinculada a las relaciones entre familias e instituciones, ya que no todas las personas están habituadas a relacionarse con la administración, ni son igualmente capaces de hacer oír sus demandas. La investigación sobre el efecto barrio y las diferentes metodologías que se han utilizado para demostrarlo han tenido unos resultados más bien decepcionantes durante mucho tiempo. El efecto barrio era una hipótesis plausible, pero no había ninguna evidencia de que la confirmara. Recientemente, sin embargo, la influencia del barrio en las oportunidades y los logros ha quedado bien establecida.

En 1992 el Congreso de Estados Unidad autorizó un experimento para analizar cómo los barrios influían en el bienestar de las personas. La pieza central de este experimento era un programa llamado Moving to Opportunity for Fair Housing (MTO). En el marco de este programa, unos 5.000 hogares que vivían en vivienda pública fueron asignados aleatoriamente a diferentes tipos de intervención. Un grupo recibió una ayuda económica para pagar una vivienda que tenía que estar situada en barrios acomodados, otro grupo recibió una ayuda equivalente para pagar el alquiler sin condicionar el lugar donde debía gastarse –y a menudo se quedaron en el mismo barrio- y un último grupo simplemente se mantuvo en la vivienda pública donde vivían, sin ninguna prestación dineraria. La comparación de las trayectorias de las familias participantes al cabo de los años de participar en el programa muestra básicamente dos cosas. La primera, que las personas que habían cambiado de barrio antes de los 13 años, alcanzaban un nivel de estudios más alto y, de adultos, tenían unos salarios más elevados que los que se habían quedado en un barrio con mayor concentración de pobreza. La segunda: que el programa no tenía impacto en los adultos, ni en los jóvenes. Algunos podrían pensar que el programa tiene un efecto limitado, pero otra forma de verlo es que el efecto de la pobreza es potente y que una exposición larga a un entorno de pobreza tiene efectos negativos y perdurables en las trayectorias de vida. Este descubrimiento sobre el efecto barrio adquiere una importancia especial en un momento en el que la segregación residencial por ingresos ha aumentado en la mayoría de regiones metropolitanas. La segregación urbana es una trampa de la pobreza que limita las oportunidades de las personas que crecen en barrios con más necesidades, refuerza la transmisión intergeneracional de la pobreza y erosiona las preferencias redistributivas.

La segregación residencial se da por una acumulación de factores. El motivo más obvio es que los diferentes grupos sociales se dividen por el territorio a consecuencia de su capacidad desigual para adquirir vivienda. La segregación residencial, sin embargo, también responde a otras causas. A veces responde a una voluntad deliberada de estratificación del espacio, con la discriminación directa que hace que determinados grupos sociales no se les quiera alquilar vivienda. A menudo, responde a la homogamia, es decir, la tendencia generalizada que hace que prefiramos vivir en vecindarios que nos resulten familiares y donde haya gente que se parezca a nosotros. Todos estos factores condicionan la toma de decisiones de las personas que tienen que buscar una vivienda y crean un terreno de juego donde la segregación tiene tendencia a aumentar, incluso cuando la mayoría de personas preferirían vivir en barrios más diversos e integrados. La segregación, de hecho, no solo pone de manifiesto la tensión entre preferencias individuales y preferencias colectivas sino también entre las preferencias a corto y largo plazo.

Parte de la receta para reducir estas tensiones puede consistir en combatir la pobreza mejorando los sistemas de garantía de rentas y complementándolos con ayudas a la vivienda orientadas a fomentar la movilidad residencial. No parece, sin embargo, que una intervención de este tipo sea fácil de escalar. En primer lugar, porque un ejercicio de ingeniería social a gran escala como este no es muy viable. Y, en segundo lugar, porque mejorar la capacidad de compra de los hogares de renta baja no es suficiente si no hay una oferta de vivienda asequible bien repartida por el territorio.

Contener la segregación residencial, por lo tanto, requiere una oferta de vivienda diversa, poner especial énfasis en generar vivienda asequible en aquellos lugares que ofrezcan más oportunidades y limitar ciertas formas urbanas claramente asociadas con niveles altos de segregación de rentas altas -como los barrios de casas aisladas o casas adosadas en hilera. En estos se podría intervenir para densificar los mismos y aumentar en ellos la oferta de vivienda, especialmente en aquellas zonas que tienen transporte público y equipamientos. También suelen ser espacios segregados los centros históricos y los ensanches de algunos municipios. Establecer reservas para vivienda de protección en este suelo consolidado podría ser una estrategia exitosa. En el otro extremo, en los barrios más vulnerables, habría que mejorar las viviendas y los servicios. Por un lado, para mejorar las oportunidades de las personas que viven allí, pero también para mejorar el atractivo de estos barrios y para crear espacios de interacción. De entre estos servicios, el transporte público ocupa un lugar destacado, ya que permite conectar zonas con precios de vivienda asequibles con la ciudad central, donde está el grueso de las oportunidades de formación y empleo.

La dotación de servicios pone de manifiesto otra de las consecuencias de la segregación: que los municipios con mayor concentración de hogares pobres perciben menos y, por tanto, tienen más dificultades para dedicar recursos a los servicios que podrían mejorar las condiciones de vida de su población y atraer de nueva y diversa. Compartir una parte de la recaudación para desarrollar políticas comunes y mejorar la gobernanza a escala metropolitana –la escala donde se dan los procesos de segregación- parecen condiciones imprescindibles para hacer políticas eficaces. También lo es mejorar los sistemas de información, para poder detectar las zonas donde hay concentraciones de pobreza, las que ofrecen más oportunidades, y los recursos públicos que se podrían poner en juego de manera compartida -conocimiento, financiación y suelo.


Por último, pero no menos importante. Uno de los descubrimientos del MTO es que las personas no rompen la inercia de la segregación sin apoyo. La segregación no solo tiene que ver con tener opciones, sino también con conocerlas y tener los incentivos adecuados para aprovecharlas. Para ello es necesario información, acompañamiento y pequeños empujones que modifiquen las decisiones que tomamos por heurística o pensando en el corto plazo. Y probablemente sea necesaria cierta discriminación positiva que dé preferencia a los grupos más vulnerables en el acceso a la vivienda, la elección de escuela o la participación en actividades y asociaciones.

La pobreza y las desigualdades territoriales están imbricadas y se refuerzan mutuamente. Necesitamos unas políticas sociales que tengan presentes estas relaciones.

Segregación: ¿Una trampa para pobres?

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