Cuando el espacio importa

Narcís Sastre i Fulcarà

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Narcís Sastre i Fulcarà. Geógrafo especializado en geografía urbana y paisaje. Trabaja en su propio despacho profesional (NSF Consultoria de Ciutat) y es profesor asociado en la Universitat de Girona (UdG) y en la UNED.

En septiembre del año 2018 la asociación Confluència.cat puso en marcha El Món de Demà un espacio de reflexión que, más allá de la información o la opinión, quiere acumular conocimiento constructivo a través de la voz de académicos y científicos sociales jóvenes o responsables institucionales que no son voces habituales del debate público. Cada quince días “El Món de demà está en el Cercle” pondrá al alcance del socio un artículo valioso de la propuesta que esta plataforma pone en circulación.

«La muerte de la ciudad. El teletrabajo, no el coronavirus, hace que la vida urbana sea obsoleta». Estos eran el título y el subtítulo de un reportaje publicado en la edición americana de Politico del pasado mes de julio. Un titular que, a pesar de su rotundidad, era bastante engañoso como para ser matizado en el contenido. El argumento central era el siguiente: la tecnología -videoconferencias, intercambio de archivos, E-Commerce, etc.- hacen que vivir y trabajar en la ciudad ya no sea ni atractivo ni necesario, en beneficio de zonas digamos no urbanas, como pueden ser los pueblos o los barrios residenciales periféricos. Al menos para aquellos que se lo pueden permitir, debido a su estatus socioeconómico y las características de su trabajo.

Hablar de las ventajas tecnológicas como herramientas que propician la deslocalización -o, para ser más precisos, relocalización– de las personas no es precisamente una novedad. Si miramos atrás, ya encontraremos a autores que hace más de 20 años hablaban del fin de la distancia o incluso del fin de la geografía, para referirse a esta etapa de la globalización en la que era posible superar la dictadura del lugar. Unas, digamos, teorías finalistas que el tiempo desmintió, ya que el lugar o la ciudad no solo no perdieron relevancia, sino que ganaron más todavía. En todo caso, en el momento actual entra en juego en la ecuación otro elemento imprevisto: el coronavirus y la pandemia global que este ha causado.

La COVID-19 es un fenómeno, disruptivo y dramático, que ha afectado nuestras vidas, las economías urbanas y estatales y ha puesto a prueba la resistencia del sistema sanitario, joya de la corona de nuestro estado del bienestar. El confinamiento residencial ha sido la parte más dura, permitiendo visualizar hasta qué punto el espacio importa, sea el de las viviendas o el de la calle. Porque, si aquí hay un punto importante, este es la cantidad y la calidad del espacio físico. Del medio. Del hábitat. Del paisaje.

El espacio, pues, se vislumbra como la verdadera necesidad para las personas y motor de cambio de residencia en tiempos de pandemia. Si alguien se va de Barcelona hacia, a saber, Alella, la Vall d’en Bas o Alp es para disponer de más amplitud en su vivienda, así como huir de las altas densidades, del tráfico del tránsito diario y de todo aquello que genera costes dentro del medio urbano. También de un mayor riesgo de contagio, real o percibido. Y cierto, actualmente la tecnología lo facilita como nunca antes había sido posible.

El sector inmobiliario lleva meses informando sobre el mayor interés que despiertan las viviendas situadas en pueblos pequeños y medios -«los pueblos vuelven a estar de moda», titulaba recientemente un medio-, pero también que hay más demanda para vivir en casas y en pisos de espacios exteriores generosos, sean balcones o terrazas. Y no solo en Cataluña. El semanario The Economist, por ejemplo, ha ido hablando de las afectaciones sobre Londres, donde ha caído en picado el acceso diario hacia el centro desde la periferia (¡ay, la City!) o los precios de los pisos y casas de tres habitaciones o más han aumentado, mientras que los de viviendas pequeñas han bajado. «La gente quiere más espacio», decían. Y si miramos a otros países, también en Estados Unidos, veremos cosas similares, que facilitan diagnosis y escenarios de todo tipo, la gran mayoría con un elevado deje especulativo.

A partir de aquí, vienen las preguntas: ¿Estamos ante un fenómeno coyuntural o estructural? ¿Es un movimiento marginal o bien es lo suficientemente destacable como para propiciar nuevas dinámicas de población y urbanización? ¿Quizás nos encontramos ante una ola de urbanización dispersa? ¿Sale igualmente beneficiado un pueblecito del Pirineo que un pueblo cercano a una ciudad, ya sea en la misma región metropolitana o no? Y las ciudades medianas, ¿También sufren o bien salen ganando? ¿Es, en definitiva, una oportunidad para el ansiado «equilibrio territorial», aquel desiderátum contemporáneo de la política territorial catalana?

El geógrafo Oriol Nel·lo, en un artículo reciente, ya se mostraba escéptico ante la «llamada del campo», aparte de que alertaba sobre las consecuencias negativas de que todo ello desemboque en un nuevo fenómeno de dispersión urbana. ¿Quizás es que deseamos tener todas las ventajas de la ciudad sin los costes de la ciudad? El espacio, de nuevo, parece ser la clave de todo.

Porque no hay que olvidar que la ciudad densa, compacta y diversa, como realidad física y sobre todo humana, es depositaria de una serie de atributos que hay que poner en valor. La densidad urbana fomenta las economías de aglomeración y ofrece ventajas económicas, sociales y ambientales en comparación con las bajas densidades y las formas de urbanización dispersa. La densidad es más una aliada que una enemiga para afrontar la pandemia, como concluía hace pocos días un estudio de la universidad John Hopkins. Sobre todo, añadiría, cuando el planeamiento y el diseño del espacio público tiene en cuenta la salud.

Afirmar que la crisis de la COVID-19 nos conducirá a un mayor equilibrio territorial, signifique lo que signifique, me parece aventurado, prematuro y seguramente falaz. Fiar la posibilidad del equilibrio en busca de más y mejor espacio, por sí solo, no creo que tenga recorrido, sobre todo cuando se trata de una reacción a un fenómeno, en este caso una pandemia. Para avanzar hacia una mayor cohesión territorial, concepto que encuentro más acertado que no equilibrio, hace falta algo más. Y eso se traduce en políticas públicas. Con visión de país, pero atentos a las necesidades de cada realidad y escala concreta.

Porque el espacio importa, pero no lo es todo para promover la cohesión y el desarrollo territorial. Para ello es necesario trabajar en diferentes escalas y considerando las diferentes políticas sectoriales, desde la vivienda a la movilidad pasando por la ordenación territorial o la energía. Esto significa que, si alguien tiene ganas de trasladarse al Prepirineo, se deba a una decisión meditada y no reactiva, es decir, que no solo vea un lugar para residir, sino para habitar, que no es exactamente lo mismo.

En resumen: si una lección nos ha enseñado -y nos enseña- la pandemia es que necesitamos espacio para vivir y convivir. Espacio público, sin duda, pero también espacio privado: la vivienda; el hogar. El teletrabajo nos abre nuevos horizontes, pero no es ni el fin de la ciudad ni el fin de la geografía. Al contrario: la búsqueda de un medio de calidad es lo que nos mueve. Este es, en mi opinión, el tema.

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