Los contenidos de un nuevo contrato social europeo

Cápsula resumen y artículo de la sesión

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Paul Collier (Oxford University): “El desapego por parte de los privilegiados de las grandes ciudades hacia la identidad compartida con el resto de sus conciudadanos es la consecuencia del descarrilamiento del capitalismo”

José Manuel González-Páramo, Consejero Ejecutivo de BBVA, Vocal de la Junta Directiva del Cercle d’Economia y moderador de la sesión, apuntó en el inicio de la misma que, pese a que hemos avanzado mucho desde la crisis económica, esta ha dejado una herencia de malestar y desapego en un contexto en el que convergen, además, un nacionalismo creciente, la transformación digital, la necesidad de hacer frente a la degradación del medio ambiente o una transición demográfica sin precedentes que vuelven imprescindible el intentar recuperar la confianza de los ciudadanos.

Al respecto, González-Páramo se mostró esperanzado ante indicios como el incremento en ocho puntos de la participación en las últimas elecciones europeas, hecho que apunta a que la gente sigue mirando a Europa cuando busca soluciones, y a que la UE pueda ambicionar a completar sus pilares económico y político con el pilar social.

Los tres descarrilamientos del capitalismo

A continuación, tomó la palabra Paul Collier, Catedrático de Economía y Política Pública en la Blavatnik School of Government de la Universidad de Oxford, quien señaló que el capitalismo es un sistema vital, pero que no funciona con el piloto automático y que, periódicamente, descarrila.

Paul Collier

En concreto, en sus 250 años de vida, el capitalismo ha descarrillado, según Collier, en tres ocasiones: en las décadas de 1840, 1930 y 1980. El primero de esos descarrilamientos vio nacer, en el intento de buscarle una solución, dos aspectos imprescindibles para apuntalar el sistema desde entonces: en primer lugar, la filantropía, encarnada en esa ocasión por Titus Salt, el empresario y alcalde de la ciudad británica de Bradford que atajó un brote de cólera entre sus trabajadores invirtiendo toda su fortuna; y, en segundo, el cooperativismo, que fue la vía que los trabajadores de la vecina localidad de Rochdale encontraron para solucionar ese mismo problema sanitario.

El capitalismo descarriló en la década de 1980 abriendo dos grietas: una espacial, en la que las claras ganadoras fueron las grandes metrópolis; y otra en el ámbito de la educación, dividiendo a la población entre profesionales cualificados y otros con capacidades manuales y muchísimas menos posibilidades de progresar

Paul Collier

En oposición a ese alentador precedente, cuando el capitalismo volvió a descarrilar en la década de 1980 se abrieron dos grietas que, durante décadas, no hicimos nada por cerrar: una espacial, en la que las áreas metropolitanas más exitosas empezaron a crecer exponencialmente, dejando de lado por el camino a muchos pueblos y ciudades de provincias; y otra en el ámbito de la educación, en virtud de la cual la gente con estudios superiores empezó a volverse mucho más valiosa para un sistema cada vez más complejo que quienes solo contaban con capacidades manuales.

Esa dejación de funciones a la hora de volver a encarrilar al capitalismo se ha debido, según Collier, a que la ideología ha reemplazado al pragmatismo y a que la generalización de los postulados de Milton Friedman ha hecho que las empresas se centren únicamente en maximizar el valor para sus accionistas y hayan trasladado toda la responsabilidad que habían asumido en décadas anteriores al sector público.

Para encarrilar el capitalismo, las empresas, las comunidades locales, las universidades y las sociedades con una marca cultural fuerte han de dotarse de un propósito futuro compartido

Paul Collier

El ponente afirmó que tenemos que repartir el peso de la responsabilidad entre varias organizaciones: por un lado las multinacionales, que han de volver a ser moralmente responsables; por otro las comunidades locales, que integran tanto los gobiernos como las empresas; en tercer lugar las universidades, que han de adiestrar a la población y hacer I+D para el sector privado; y, por último, una sociedad con una marca cultural fuerte –una unión de fuerzas que ya cuenta con precedentes como el de Edimburgo, que, tras conjurarse para convertirse en un hub del sector de las telecomunicaciones, en 10 años ha pasado de contar con 2 a hacerlo con 480 empresas que operan en dicho sector.

El motín de los olvidados por los triunfadores de las grandes metrópolis

A modo de cierre de su intervención, Collier lamentó especialmente que, en este contexto de descarrilamiento del capitalismo y en países como Reino Unido o Estados Unidos, las poblaciones exitosas de las grandes áreas metropolitanas hayan empezado a despegarse de la identidad compartida con el resto de sus conciudadanos.

Y es que, según el ponente, esta renuncia a la ciudadanía nacional compartida hace sufrir a esos otros ciudadanos de ciudades de provincia y pueblos y conduce a motines como el Brexit que, para Collier, no ha sido nunca una rebelión contra Bruselas, sino contra Londres.

En este sentido, Europa ha de revertir la tendencia por la cual quienes dan mayor soporte a la Unión son precisamente esos privilegiados de las grandes ciudades, y para ello debe dotarse de nuevos instrumentos sociales de los que carece en la actualidad.

Cómo adaptar el contrato social al siglo XXI

La segunda ponente de la sesión, Ariane Aumaitre, Investigadora en el Departamento de Ciencias Políticas y Sociales del European University Institute in Florence, afirmó en el arranque de su intervención que, para reescribir el contrato social, no solo hemos de mirar a lo que está ocurriendo en 2019, sino remontarnos a las décadas de 1970 y 1980 y, por lo tanto, al origen de la revolución tecnológica, de la globalización, de la creciente desigualdad o de la incorporación de la mujer al mercado laboral, por citar solo algunos de los catalizadores de la situación actual.

No podemos reescribir el contrato social pensando todavía en soluciones a medida para economías industriales en las que las personas llevan a cabo carreras laborales lineales: ese ya no es nuestro mundo

Ariane Aumaitre

Para Aumaitre, además, ese nuevo contrato social ha de tomar conciencia de que ya no vivimos en una sociedad industrial en la que las personas llevan a cabo carreras laborales muy lineales, como ocurría en la década de 1950, y que, por lo tanto, debemos dotarnos de un estado del bienestar distinto, que atienda a otros retos además del seguro de desempleo o de la cobertura económica durante la vejez.

Ariene Aumaitre, José Manuel González-Páramo y Paul Collier

Y es que, precisamente ese intento de solucionar con un estado del bienestar fraguado hace más de seis décadas los problemas de una economía posindustrial en la que nadie trabaja en la misma empresa desde los 23 hasta los 65 años, o en la que las mujeres participan activamente en el mercado laboral y ya no se dedican a la cría y al cuidado del hogar, es lo que nos ha conducido, según la ponente, a la actual escalada de desigualdad, desafección y populismo.

Europa debe superar la concepción nacional de que todo se arregla con transferencias de ricos a pobres: más que redistribuir un presupuesto común europeo, debemos dotarnos de políticas comunes en materia laboral, educativa, etc.

Ariane Aumaitre

Sobre cuáles han de ser las bases de ese nuevo contrato social, Aumaitre aventuró que este debe plantearse a un nivel supranacional, ya que los retos que enfrentamos son igualmente globales, y que, en ese sentido, Europa cuenta con la clara ventaja de haberse dotado de instituciones, foros y mecanismos, a lo largo de su proceso de integración, desde los que articular esa respuesta conjunta.

Todavía en clave europea, según Aumaitre debemos superar el marco mental que correlaciona la solución a nuestros problemas con transferencias norte-sur o ‘de ricos a pobres’ para ir a la base y plantear soluciones que vuelvan innecesaria esa redistribución. Por ejemplo, la activación educativa o laboral de las zonas y colectivos más desaventajados mediante políticas comunes.

La imperativa reparación del ascensor social

Por último, intervino Miguel Otero, Investigador principal en el Real Instituto Elcano, quien señaló que el mayor problema de las últimas dos décadas ha sido la ruptura del ascensor social en prácticamente todos los países de la OCDE.

El problema más urgente que enfrentamos es la reparación del ascensor social en los países de la OCDE, y esto requiere trabajar en cuatro dimensiones: meritocracia, voz, empoderamiento y competencia

Miguel Otero

Para repararlo, debemos prestar atención a cuatro conceptos importantes. El de la meritocracia, cuya ausencia nos conduce a estructuras jerárquicas que premian la lealtad en lugar del mérito. El de la voz, que, negada a determinados colectivos, conduce a movimientos como el de los gilets jaunes, y que requiere de espacios de relación entre clases que estamos perdiendo en un mundo en el que ya no necesitamos salir a la calle a ligar o a divertirnos, de la mano de Tinder o Netflix. El del empoderamiento, en especial el de las realidades no urbanas, al que ayudaría que los medios de comunicación hicieran más caso a lo que ocurre a la periferia, y el del ámbito de la educación, en el que la formación dual es una buena vía para empoderar a los que deciden no ir a la universidad. Y, por último, el de la competencia, devolviendo a las pequeñas y medianas empresas el poder que hemos dado a las grandes plataformas de la mano de políticas antitrust o anticartel.

Miguel Otero

Cómo incentivar una mayor cesión de competencias a la UE

En el espacio dedicado al coloquio, Paul Collier reivindicó que Europa no debe redistribuir el consumo, sino la productividad; es decir, asegurar que cada región cuente, por lo menos, con un centro productivo. Además, como sociedad deberíamos prestar mucha más atención al soporte que brindamos a las familias jóvenes estresadas –que, a menudo, transmiten ese estrés y lastran las posibilidades de progresar de sus hijos–, y al ciclo prescolar, que muchas veces determina el itinerario académico de las personas.

Sobre cómo incentivar una mayor cesión de competencias de los países de la UE a la Unión, Collier puso de relieve lo escandaloso que resulta que los alemanes no quieran una ‘Unión de transferencias’ cuando han sido los mayores beneficiarios de esta a través del tipo de cambio.

Aumaitre por su parte no consideró que todos los impuestos y políticas sociales en Europa deban ser supranacionales, pero sí que algunos serían más efectivos a ese nivel y que requerirían por lo tanto de transferencias fiscales.

Por último, Otero defendió una Europa multinivel basada en el principio de subsidiaridad en oposición a unos Estados Unidos de Europa que consideró irrealizables, y afirmó que deberíamos dejar de ver las transferencias en Europa como algo que ocurre entre países para verlo como algo que se produce entre individuos y empresas que, por operar en el marco de la UE, pagan con naturalidad y proporcionalidad una serie de impuestos.

A modo de cierre, Collier volvió a tomar la palabra para afirmar que las rentas que generan esas exitosas áreas metropolitanas a las que ha dado pie la globalización no pertenecen en realidad a quienes viven y trabajan en las mismas, ya que esas aglomeraciones son en realidad el resultado de no menos de 200 años de construcción de infraestructuras físicas, políticas y legales a las que han contribuido países enteros. Este concepto debería cambiar el marco mental que conduce a esos profesionales cualificados de las grandes ciudades a querer separarse del resto de sus ciudadanos, y allanar el terreno para esa imperativa redistribución de la productividad y, también, del talento.

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