Aplanar las curvas: por un cambio profundo en el uso del espacio y el tiempo en nuestra sociedad.

Miquel Nadal, Economista, Secretario del High Level Panel de la Federación Internacional del Automòbil (FIA)

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Más allá de las consecuencias económicas de la crisis provocada por la Covid-19, parece cada vez más claro que esta tendrá, también, derivadas de carácter político, social, cultural, educativo o científico que condicionarán nuestra manera de vivir y de entender un mundo, que, tal como lo habíamos conocido hasta ahora, se desvanece. Este puede ser un buen momento para repensar y priorizar aquellos aspectos vitales para el desarrollo sostenible y el progreso de nuestras sociedades.

El Cercle d’Economia continua la conversación con destacados actores de nuestro entorno para tratar de reflexionar y aportar ideas sobre lo que está pasando y cómo se van configurando, desde este momento, las opciones para construir el día siguiente.

«En nuestro día a día y desde hace mucho tiempo hay muchas otras curvas, algunas muy pronunciadas, que son un gran lastre para nuestra economía y bienestar, y que asumimos como inevitables.»

Aplanar las curvas: por un cambio profundo en el uso del espacio y el tiempo en nuestra sociedad.

Miquel Nadal, Economista, Secretario del High Level Panel de la Federación Internacional del Automòbil (FIA)

Vivimos momentos de incertidumbres. Muchos tenemos la sensación -¿la certeza?- de que esta crisis de la Covid-19, cuando haya pasado, cambiará muchas cosas en nuestras vidas, tanto a nivel colectivo como personal, pero no sabemos ni qué, ni cómo, ni a qué ritmo. A riesgo de equivocarme mucho, en las líneas que siguen me atrevo a sugerir algunos cambios que pueden tener lugar como consecuencia de este cataclismo y que pueden suponer una transformación profunda y positiva en el funcionamiento de nuestra economía y sociedad.

Se ha hablado mucho estas últimas semanas de la necesidad de aplanar la curva para combatir las consecuencias de la Covid-19. La idea es que como hay limitaciones en la capacidad hospitalaria, sobre todo de camas de UCI, hay que intentar que los ingresos de enfermos graves sean lo más escalonados posible, evitando picos que podrían colapsar el sistema sanitario y disparar el número de muertos. Es un concepto que el conjunto de la ciudadanía ha entendido, y esto está facilitando la efectividad del confinamiento.

Desgraciadamente, no nos damos cuenta, en cambio, que en nuestro día a día y desde hace mucho tiempo hay muchas curvas, algunas muy pronunciadas, que son un gran lastre para nuestra economía y bienestar y que asumimos como inevitables. Son curvas que tienen que ver con la forma como nos organizamos, como consumimos o como nos movemos, por citar sólo algunos ejemplos, y que suponen un enorme desperdicio de recursos económicos, sociales y medioambientales; son curvas que ahora, con la Covid-19 y sus consecuencias, tenemos la oportunidad de aplanar de forma importante en beneficio de todos.

Si algo ha demostrado esta crisis es que en momentos extremos las sociedades -todas- valoran la salud por encima de todo. Y uno de los efectos que seguramente perdurarán es lo que ahora se llama distanciamiento social, es decir, la necesidad de mantener una cierta distancia entre personas para evitar una propagación masiva de contagios. Es una precaución que obligará a evitar aglomeraciones en espacios reducidos y que tendrá un impacto importante sobre actividades vitales para nuestra economía, desde la organización del trabajo y del ocio, hasta la movilidad, especialmente en las ciudades

Fijémonos en el transporte público, por ejemplo. El uso del metro o del autobús ha caído en picado en todas las ciudades del mundo en los últimos dos meses, en parte debido al confinamiento masivo que se ha decretado, pero en parte también porque ha habido usuarios que han preferido medios de transporte individuales (desde el coche a la bici o el patinete) para reducir el riesgo de contagio.

Recuperar el uso generalizado del transporte público será sin duda uno de los grandes retos a medida que se vaya volviendo a un escenario de normalización; pero parece claro, también, que debido al distanciamiento social habrá que encontrar una nueva normalidad en su uso; una nueva normalidad que evite los picos de las horas punta (con ocupaciones que eran superiores al 100%) y donde, en cambio, se fije un límite de ocupación máxima, digamos del 60% -70% (es un suponer), para acotar el riesgo de contagios masivos.

¿Cómo hacerlo? Una primera opción sería aumentar la oferta disponible. Pero esta no es una solución realista, ni sensata. Los presupuestos públicos no están para más dispendios y, además, esto supondría consolidar una capacidad que luego sería difícil de amortizar. No tiene sentido.

La alternativa posible y razonable es esponjar la demanda y hacerla más uniforme en el tiempo (ya sea a lo largo del día, de la semana o del año). Es decir, el objetivo debe ser aplanar la curva y aprovechar así el hecho de que antes de la Covid-19 la ocupación media del transporte público en muchas ciudades del mundo no era superior al 50%, lo que quiere decir que hay un margen importante para satisfacer la demanda sin necesidad de aumentar (significativamente) la oferta. Mataríamos así dos pájaros de un tiro: conseguiríamos un uso más seguro (se respetaría el distanciamiento social) y más eficiente del servicio de transporte público.

Si miramos más allá, es fácil darse cuenta de que este aplanamiento de la curva se puede dar en muchos otros ámbitos donde será necesario, también, evitar aglomeraciones. ¿Por qué tenemos que coincidir todos a las mismas horas en el gimnasio, cuando gran parte del día está semi vacío? ¿Por qué debemos saturar las pistas de esquí -y las carreteras que a ellas llevan- sábados y domingos cuando el resto de la semana están desiertas? ¿Por qué muchos de los hoteles del país -no sólo los de la costa- están al 100% de su capacidad en agosto y cierran muchos de los otros meses del año? Las ineficiencias y pérdidas de bienestar que todo esto genera són evidentes.

Para que estos aplanamientos sean posibles se necesitan cambios importantes en el funcionamiento de ámbitos clave de nuestra sociedad; el más profundo, sin duda, en los hábitos y horarios de trabajo. Si queremos distribuir mejor la demanda de ocio o de movilidad será necesario tender hacia unos horarios más flexibles en el trabajo, que no concentren la mayor parte de la actividad en una franja horaria muy limitada como ocurre en la actualidad; si, además, por causa de la Covid-19, hay que introducir en ciertos sectores o empresas medidas de distanciamiento social, entonces, seguramente, se tendrá que reorganizar la manera de trabajar, haciendo que la presencia física deje de ser el principal elemento definidor del lugar de trabajo.

Ninguno de estos cambios es malo -al contrario- y ambos son posibles. Es alentador el aumento del llamado teletrabajo que hemos visto estas últimas semanas, en muchos casos a satisfacción de trabajadores y empresarios. Pero esta ha sido una respuesta puntual, y lo que se precisa es una respuesta mucho más profunda y estructurada que redefina cómo organizamos el trabajo, ya que esto, de paso, servirá para redefinir cómo organizamos otros ámbitos, como el ocio o la movilidad. En definitiva, lo que se debe plantear es un cambio profundo -¿radical?- en el uso que, como sociedad, hacemos del tiempo y del espacio, lo que supondrá también una alteración importante -a mejor- del uso que hacemos de otros recursos, especialmente los naturales.

Estos cambios no tendrán lugar por sí solos, o al menos no al ritmo que sería deseable que se produjeran. Por eso es necesaria una estrategia bien estructurada, al menos a nivel de España, con el fin de activar los numerosos y diversos instrumentos disponibles en el ámbito de las políticas públicas: desde dar incentivos a las empresas para escalonar la jornada laboral (a lo largo del día, de la semana y del año) y faciliten el teletrabajo, hasta aplicar políticas agresivas de precios en el transporte público que ayuden de verdad a aplanar la demanda, pasando, por supuesto, por una modulación inteligente de la política de vacaciones en la propia administración o en las escuelas y universidades…

Y no hay que olvidar que la tecnología debe ser un gran facilitador de esta transformación. Disponemos ya hoy -y aún más en el futuro- de la capacidad para construir sistemas que se adapten de forma prácticamente individualizada a la demanda, facilitando así el aplanamiento de la curva, que modulen la oferta en tiempo real y que sean resilientes (ahora se llaman antifrágiles, un concepto más amplio) a posibles distorsiones por causas sanitarias, medioambientales, de seguridad, etc.

Estamos hablando, en último término, de propiciar cambios muy importantes en nuestra sociedad, y esto nunca es sencillo ni inmediato. Hacerlo de forma mínimamente coordinada y con consenso puede ayudar, sin duda, a que el cambio sea más rápido, más efectivo y mejor para todos. Ahora que se está hablando tanto de grandes pactos entre todos los agentes sociales, ¿no debería ser este uno de los puntos importantes de la agenda?

Aplanar las curvas

Miquel Nadal

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