¿Alimentación sostenible o resiliencia alimentaria?: reflexiones entorno una transición obligada

Sònia Callau

En septiembre del año 2018 la asociación Confluència.cat puso en marcha El Món de Demà un espacio de reflexión que, más allá de la información o la opinión, quiere acumular conocimiento constructivo a través de la voz de académicos y científicos sociales jóvenes o responsables institucionales que no son voces habituales del debate público. Cada quince días “El Món de demà está en el Cercle” pondrá al alcance del socio un artículo valioso de la propuesta que esta plataforma pone en circulación.

Sònia Callau

Es Jefe de la Unidad de Apoyo a los espacios Agrarios en el Área de territorio y Sostenibilidad de la Diputación de Barcelona. Su principal ámbito de trabajo consiste en el apoyo a Ayuntamientos y entidades locales para el desarrollo de proyectos de ordenación, planificación y gestión de espacios agrarios, y también en proyectos de planificación alimentaria. Ha participado en el proceso de diseño, creación y consolidación del Parque Agrario del Baix Llobregat, desde su nacimiento el año 1998 y hasta el año 2013.

Este mes de junio hará 23 años que se creaba en Cataluña el primer ‘Parque Agrario’, un modelo pionero en la protección y blindaje del suelo agrario ante la constante amenaza del proceso urbanizador, especialmente grave en áreas metropolitanas o alrededor de ciudades medianas y grandes. En estos 20 años y pico se han ido creando otros parques agrarios en Cataluña y el Estado Español, inspirados en el Parque Agrario del Baix Llobregat. Todos ellos nacieron a favor de la protección y defensa del suelo agrario, que poco a poco la ciudad iba fagocitando. Carolyn Steel, en su libro Hungry city, resume muy gráficamente este fenómeno de urbanización del campo con una reflexión interesante «si el espacio agrario es el que nos provee de los alimentos que necesitamos para vivir, ¿por qué las ciudades destruyen las mejores tierras agrícolas que tienen a su alrededor?». Pothukuchi y Kaufman hablaban en 1999 de la ‘invisibilidad’ del espacio agrario en las políticas urbanas y de la falta de una planificación alimentaria. Lo atribuían a que la mayor parte de la ciudadanía da por garantizado el suministro -a precios asequibles- de alimentos en la ciudad. Estas dos reflexiones nos llevan a la conclusión de que el máximo valor que la sociedad otorga a los espacios agrarios no es su belleza, su campesinado, o su valor ambiental o socioeconómico, sino su utilidad como productores de alimentos. En el momento en que se pierde esta utilidad, porque cuando vamos al supermercado los estantes están llenos de comida, los espacios agrarios dejan de tener interés, y la ciudad da la espalda al espacio agrario que tradicionalmente le había nutrido. Sin embargo, hay que preguntarse: ¿será siempre así? ¿Podemos garantizar que siempre tendremos un acceso fácil y económico a los alimentos? ¿Qué impacto tiene un modelo alimentario que ignora de dónde vienen los alimentos que consumimos y cómo afecta esto a nuestro espacio agrario, a nuestro campesinado y al (des-)equilibrio territorial? Eso es de lo que reflexionamos a lo largo de este artículo.

Paradójicamente, mientras Europa pierde superficie de cultivo, las grandes potencias internacionales como China, Japón o Corea del Sur, entre otros, están comprando tierras para la producción de alimentos básicos como estrategia de suministro alimentario a nivel planetario. Ponemos algunos datos. La organización Grain, en un informe del año 2011, cifraba en 35 millones de hectáreas las tierras compradas o arrendadas a terceros países, como Nueva Guinea, Indonesia, Sudán del Sur o Mozambique. Es el fenómeno que se conoce como ‘acaparamiento de tierras’, y que está ocasionando, entre otros problemas, la dificultad de acceso a la tierra para las explotaciones de tipo familiar. Según Oxfam América (2014), aproximadamente el 60% de la comida que se cultiva, sea transformado o no, se destina a la exportación y se separa de las comunidades locales que han de sustituir sus cultivos, es decir, su base alimentaria, para cultivos intensivos ligados al modelo agroindustrial ganadero.

Si analizamos los datos de evolución del suelo agrario y del tipo de explotaciones agrarias en el contexto europeo, vemos que Europa pierde superficie para cultivar y pierde también agricultores. Según los datos de Eurostat, la Unión Europea perdió entre el año 1990 y el año 2015, 27.139.520 ha de suelo agrícola, el equivalente a la superficie de casi toda Cataluña. Al mismo tiempo se observa un proceso de acaparamiento o concentración de tierras en un número cada vez más reducido de empresas agrarias. Según datos del Instituto de investigación transnacional, solo el 3% de todas las explotaciones agrarias europeas controla el 50% de todas las tierras de cultivo del viejo continente, mientras que el número de empresas del sector de tipo familiar se va reduciendo progresivamente (un 23% en el periodo 2003 a 2020). Mientras que la pérdida de suelo agrario se atribuye principalmente al fenómeno de urbanización y también al incremento de la superficie forestal debido al abandono de la agricultura en las zonas menos productivas y no perceptoras de subvenciones, el incremento de la dimensión de las empresas agrarias se atribuye en buena parte a la política agraria europea, que favorece un modelo de empresa agroalimentaria que crece en dimensión para hacerse más competitiva en el mercado internacional de los alimentos.

La pérdida de suelo agrario, más allá de hacernos menos soberanos desde un punto de vista alimentario, provoca un enorme desequilibrio territorial. La impermeabilización del suelo urbanizado perjudica la regulación del ciclo del agua, la calidad del aire, y la fijación de carbono en el suelo, por poner algunos ejemplos. Por otro, el incremento del continuo forestal incrementa gravemente el riesgo de los grandes incendios forestales e impacta en nuestra seguridad. Marc Castellnou, máximo experto en incendios forestales en nuestro país, insiste en la importancia de recuperar el paisaje en mosaico, donde el equilibrio de los paisajes cultivados y forestales es fundamental en la lucha contra los incendios de nueva generación que se esperan en un futuro no muy lejano.

Todo esto nos lleva a preguntarnos si Europa debe ser continuista en una política agraria diseñada en tiempos de posguerra, para producir alimentos a precios bajos, pero sin tener en cuenta la dimensión territorial de la agricultura, fruto de un proceso de relación equilibrada entre la agricultura y la tierra. La agricultura es cultura, es economía, es sociedad y es ciudad, es territorio y es también el vehículo para alimentarnos.

Según Reguan, la reflexión sobre el abastecimiento alimentario gana oportunidad en un momento en el que un conjunto de vectores de alcance global está modificando severamente el escenario e impactan directamente sobre el modelo productivo establecido. Se abren grandes desafíos para hacer frente a las tensiones en el ámbito medioambiental y de abastecimiento alimentario. Los retos globales han propiciado un reforzamiento de la coordinación a nivel mundial con hitos tan destacables como los acuerdos de París contra el cambio climático, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la agenda 2030 de las Naciones Unidas o el Pacto Verde Europeo, que establece como uno de los 8 elementos clave la estrategia ‘from farm to fork’ como sistema alimentario justo, saludable y ambientalmente sostenible. Hace 5 años, con motivo de la Expo 2015, dedicada al tema ‘alimentar el planeta, energía para la vida’ se aprobó el pacto de políticas alimentarias de Milán, que firmaron inicialmente 116 ciudades de todo el mundo. En este acuerdo, ciudades importantes de todo el planeta se comprometían a actuar para desarrollar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados, con el fin de reducir el desperdicio alimentario, preservar la biodiversidad, y al mismo tiempo, mitigar y adaptarse a los efectos de los cambios climáticos. La trascendencia del Pacto de Milán radica en el hecho de ser el primer protocolo internacional en materia alimentaria con la voluntad de desplegarse a escala municipal, y de integrar en la planificación alimentaria todos los eslabones y los actores de la cadena alimentaria.

El contexto de crisis presentes y futuras, y los pactos y acuerdos internacionales que se están adoptando, parecen indicar que la alimentación entrará a formar parte de las políticas de ámbito municipal, integrando las dimensiones económicas, sociales y ambientales, para acotar también problemáticas alimentarias tan importantes como la precariedad, la injusticia distributiva, la erosión cultural o el desperdicio. Los espacios agrarios tendrán un papel principal en el equilibrio territorial, y serán esenciales para la alimentación y para buena parte de la economía urbana y rural. Creo acertada la tesis de que están defendiendo grandes organismos internacionales que apuestan por establecer un modelo agrario y alimentario basado en el concepto de ‘proximidad’. La proximidad, en mi opinión, se basa en tres premisas fundamentales: tiempo, distancia y acercamiento. Es necesario disponer de tierra cercana para cultivar los alimentos que necesitamos para alimentarnos (vector distancia), es necesario que organizamos la oferta de alimentos para que lleguen al consumidor en un período corto de tiempo (vector tiempo) y hay que crear los espacios de encuentro y de relación entre quienes producen los alimentos y quien los consume. La alimentación solo puede ser sostenible si es cercana, y solo puede ser resiliente si, además, está conectada con la ciudad. Es esencial que se encuentren nuevas formas de relación entre la ciudad y su espacio agrario, y entre los productores y los consumidores. Solo desde una relación simbiótica campo-ciudad se conseguirán la resiliencia alimentaria y el equilibrio territorial.

Los pueblos y las ciudades que muestren respeto hacia el espacio agrario y el campesinado que los rodea, que tomen conciencia de que el valor de la comida no es el del precio que pagamos por los alimentos, sino de lo que cuesta producirlos en nuestra casa con todos los beneficios que esto conlleva, aquellos pueblos y ciudades que entiendan la alimentación como un derecho de la ciudadanía, y que como tal, lo incorporen a la política pública local, serán probablemente las que podrán afrontar mejor futuros escenarios de emergencia climática y alimentaria.

Y esta es mi creencia: que tenemos que hacer las ciudades más humanas, más respetuosas con lo que nos rodea y recuperar la emoción para con la comida y las personas que hay detrás, el campesinado.

Alimentación sostenible o resiliencia alimentaria. reflexiones entorno una transición obligada

Sònia Callau

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