
Donald Trump ha hecho aflorar de nuevo el relato sobre un supuesto fraude electoral en las elecciones de 2020. Julian Barnes y Maggie Haberman (The New York Times) recogen los principales elementos de una comparecencia en la que el presidente presenta vulnerabilidades ya conocidas del sistema electoral, pero sin aportar pruebas que avalen sus acusaciones de manipulación de los resultados. A pesar de ello, Trump pretende utilizar este relato para justificar nuevas investigaciones e impulsar una reforma electoral más restrictiva, tal y como explica POLITICO, o incluso impulsar reformas como la del Departamento de Justicia para convertirlo en una herramienta al servicio de sus intereses políticos (The Economist).
La falta de nuevas evidencias no resta trascendencia a una intervención que, según Jim Himes (The New York Times), pone en riesgo la confianza en las instituciones democráticas al utilizar los servicios de inteligencia para reforzar una narrativa desacreditada. Peter Baker (The New York Times) añade que la obsesión de Trump por reescribir el resultado de 2020 no sólo busca reivindicar su figura, sino también sembrar dudas sobre la legitimidad de las próximas elecciones legislativas.
Para Frank Bruni y Bret Stephens (The New York Times), la nueva oleada de denuncias de fraude electoral tiene una justificación muy clara: Trump intenta cambiar la inercia en medio de una popularidad en mínimos de récord a raíz del estancamiento de los conflictos internacionales.
En Irán, con todas las vías diplomáticas y militares agotadas, cualquier opción para reabrir el estrecho de Ormuz conlleva costes elevados y pocas garantías de éxito (The Economist). Sin una estrategia política viable, Trump corre el riesgo, a ojos de Steven Erlanger (The New York Times), de que la guerra con Irán se convierta en otro conflicto largo y difícil de cerrar, a pesar de haber prometido evitar este tipo de intervenciones. El estrecho no es el único punto de disputa con Teherán: en Irak, Washington intenta aprovechar el nuevo gobierno para reducir la influencia iraní y ganar peso en la región, pero las milicias y las redes políticas afines a Irán siguen limitando seriamente el margen de maniobra de Bagdad (The Economist).
Con Ormuz bloqueado, se intensifica el papel estratégico del canal de Panamá, lo que lo ha situado en el centro de las tensiones geopolíticas entre Estados Unidos y China, además de los riesgos derivados del cambio climático (The Economist). Para entender mejor el papel de China, según argumenta Kevin Rudd en The New York Times, hay que interpretar a China más allá de un actor comercial. Según el ex primer ministro australiano, Xi Jinping persigue un proyecto ideológico y geopolítico de largo plazo, sostenido por una planificación industrial destinada a convertir las dependencias económicas en instrumentos de poder.
Un ejemplo de la dependencia como instrumento de poder lo encontramos en Rusia, donde el oligarca Andrey Melnichenko advierte que la guerra está abocando al país a una dependencia creciente de China y reclama reformas para evitar el aislamiento y el estancamiento (The Economist). En paralelo, el conflicto en Ucrania parece entrar en una nueva fase, en la que la superioridad tecnológica -especialmente en drones y defensa antiaérea- gana peso ante la guerra convencional (Serge Schmemann en The New York Times). Este debate sobre la estrategia militar ha provocado la destitución del ministro de Defensa, Mykhailo Fedorov, defensor de un modelo más innovador, frente a una cúpula militar más tradicional, explica Andrew E. Kramer en el The New York Times. Todo ello coincide con los avances de Ucrania sobre el terreno, que está consiguiendo aislar progresivamente Crimea mediante una intensa campaña de drones que dificulta la logística rusa (The Economist). Según Ian Bremmer (Project Syndicate), como más presionada se sienta Rusia militar y económicamente, más probable es que Putin recurra a una escalada arriesgada para intentar cambiar el curso de la guerra. Tal y como explica Nina L. Khrushcheva (Project Syndicate), Putin prefiere asumir costes económicos y sociales muy elevados antes que retirarse de Ucrania, porque una derrota pondría en riesgo su supervivencia política.
Además de la gestión de estos conflictos, Trump continúa cambiando la inercia del panorama internacional con sus críticas constantes a la OTAN. Explican Schwartz y Messerly (POLITICO) que el presidente aprovechó la última cumbre transatlántica para reiterar sus críticas a los aliados europeos, sembrar dudas sobre el compromiso de EEUU con Europa y elogiar a Turquía como un socio más leal. Es por ello que Mark Leonard (Project Syndicate) defiende que Europa se equivoca si intenta restaurar la vieja relación transatlántica con Trump, porque debería adaptarse a un mundo multipolar en lugar de aferrarse a un pasado que ya no volverá. Aún más en un contexto en el que la administración americana busca intervenir directamente en la política europea con iniciativas públicas que buscan cambiar la inercia de diferentes elecciones en favor de la extrema derecha, tal y como explica Nette Nöstlinger (POLITICO).
Con la colaboración de: