
Donald Trump ha revolucionado completamente el funcionamiento de las relaciones internacionales tras la intervención militar en Venezuela y la detención de Nicolás Maduro (The Economist). En concreto, a ojos de David French (New York Times), está desmantelando el orden internacional basado en leyes y alianzas y sustituyéndolo por una política de fuerza unilateral que puede desencadenar conflictos globales fuera de su control. Para David Pilling y Leslie Hook (Financial Times), este cambio ha iniciado un nuevo modelo de imperialismo y analizan las implicaciones que puede tener en el mundo actual. De hecho, las primeras consecuencias, a ojos de Ankush Khardori (POLITICO), son jurídicas, porque rompe con las limitaciones legales sobre el uso de la fuerza y podría tener consecuencias de largo alcance. Oona A. Hathaway (New York Times) profundiza en estas consecuencias y augura un futuro lleno de conflictos si no se reimpone el orden jurídico internacional.
Sobre las motivaciones de la acción, Thomas L. Friedman (New York Times) sostiene que el objetivo de Trump en Venezuela no es restaurar la democracia ni proteger a la población, sino garantizar que las empresas petroleras estadounidenses puedan explotar el petróleo, aunque esto no será posible sin estabilidad política y elecciones libres. En ello coincide Anne-Marie Slaughter (Financial Times), quien afirma que, en la nueva doctrina Monroe impulsada por Trump y Marco Rubio, se busca dominar el mundo mediante el control de los mercados por parte de empresas estadounidenses, permitiendo así el dominio de los recursos naturales.
Con el mismo objetivo, el presidente fija ahora su mirada hacia Groenlandia, haciendo saltar las alarmas de la Unión Europea: Zoya Sheftalovich y Victor Jack (POLITICO) explican cómo Trump podría conseguir Groenlandia en cuatro pasos. De hecho, Tom Nicholson (POLITICO) recoge que Trump reconoce que podría tener que elegir entre tomar el control de Groenlandia o preservar la existencia de la OTAN, afirmando que no se siente obligado por la ley internacional y que solo su propia conciencia puede frenarlo. En este contexto, Robert Shrimsley (Financial Times) reclama una Unión Europea fuerte y valiente que ponga límites a Trump y que no se limite a claudicar.
Sobre las implicaciones de este nuevo modus operandi de Trump en el exterior, Anne Applebaum (The Atlantic) explica que la nueva estrategia exterior de Trump, que trata de imponer una "dominación americana" con el poder y la fuerza sustituyendo la legitimidad, la democracia y las alianzas internacionales, podría, en realidad, debilitar a EEUU, aislarlo y reducir su influencia global en lugar de fortalecerla. Para Thomas B. Edsall (New York Times) el cambio es mucho más profundo, ya que el presidente está transformando los Estados Unidos también internamente, erosionando los contrapoderes democráticos.
En este sentido, Jamelle Bouie (New York Times) ve paralelismos entre el ataque a Venezuela y el asalto al Capitolio de hace cinco años. También lo hemos visto en Minnesota donde el Estado ha sido apartado de la investigación de la muerte de una manifestante por la actuación de agentes federales, el alcalde Jacob Frey lo explica en el New York Times. Para Lydia Polgreen (New York Times) es un ejemplo de cómo el poder federal se impone por la fuerza, sin transparencia ni contrapoderes, tal y como describe el artículo: la misma lógica que Trump aplica en el exterior se reproduce en el interior, erosionando la democracia norteamericana.
Además, Shlomo Ben-Ami (Project Syndicate) señala que el ataque de EE.UU. contra Venezuela refleja un giro hacia una política internacional hobbesiana, en la que los estados más poderosos actúan según la fuerza y sus propios intereses, en lugar de seguir normas internacionales establecidas. Las nuevas formas de Trump podrían ser una invitación a otros actores a actuar según la ley del más fuerte (The Economist).
Finalmente, Simon Kuper (Financial Times) afirma que nueva agenda internacional de Trump ayuda a entender y redefinir al presidente: un líder capitalista, más parecido a un jefe de clan o a un mafioso que a un fascista tradicional, con la presidencia tratada como un negocio familiar. Esta redefinición de Trump está generando, tal y como recoge Ian Ward (POLITICO), que sus seguidores no tengan claro cómo justificar las acciones del presidente. Aunque Janan Ganesh cree que esto no tendrá consecuencias, ya que sus seguidores, en gran parte, no le exigen coherencia ideológica y se mantienen fieles al movimiento por lealtad más que por sus políticas o ideas.
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