
Vivimos una época de transición y cambio. Posiblemente así se ha considerado en cualquier otra circunstancia histórica. Pero unas lo son más que otras. Y ésta es, sin duda, una época de transición en el sentido pleno de la palabra.
Estamos sufriendo los efectos de una crisis económica muy severa al tiempo que tomamos conciencia de encontrarnos ante un doble cambio económico y político de trascendencia histórica.
Por un lado, la mutación del sistema capitalista como consecuencia de la globalización y la llamada revolución digital. Por otro, la configuración de nuevos modelos de gobernanza, también muy influidos por esa revolución tecnológica.
Una transición de esta magnitud implica mutaciones, conflictos y encrucijadas que fuerzan a tomar decisiones. Son momentos en que las sociedades se ven obligadas a reconsiderar decisiones del pasado y a poner a prueba su capacidad para afrontar los nuevos retos.