
Antón Costas, Presidente de la Fundació Cercle d’Economia, afirmó en su introducción a la sesión estar preocupado por la desigualdad “porque es un disolvente muy poderoso del contrato social que ha de existir en toda sociedad liberal para que las cosas funcionen de manera relativamente armoniosa”. Costas parafraseó a continuación a Adam Smith, quien afirmó que ‘la desigualdad corrompe los sentimientos morales en una sociedad’, y añadió que, además, “no solo nos conduce a no considerarnos iguales, sino que impide el buen funcionamiento de la economía de mercado”.
Los españoles, pese a ser europeos continentales, hemos mostrado tradicionalmente un comportamiento de anglosajones honorarios hacia la desigualdad.
Antón Costas
La desigualdad actual carece de precedentes históricos
A continuación tomó la palabra Branko Milanovic, economista, leading scholar de CUNY e investigador visitante del IBEI, quien inició su intervención afirmando que “la desigualdad es importante no solo por una cuestión de justicia, sino por razones más instrumentales”. Y es que, como han demostrado estudios a cargo del Fondo Monetario Internacional y de otras entidades, “es mala para el crecimiento y un grave contratiempo para la estabilidad política”.
El ponente indicó que su intervención se centraría en la desigualdad global, entendida como “aquella que se produce entre todos los habitantes del mundo”, y que el estudio de la misma equivale a repasar la historia de la humanidad.

Ese paralelismo entre desigualdad e historia permite concluir de hecho que la situación actual no tiene precedentes, porque nunca antes el capitalismo había sido “el sistema de organización único en el mundo”, y mucho menos en un momento de “tremendo desarrollo y reemergencia de Asia”, caracterizado por un equilibrio de poder entre Oriente y Occidente “inédito desde el siglo XVI”.
Ese contexto es además especialmente inestable por el ritmo al que avanza la revolución tecnológica, y apunta a que “el 25% de las rentas globales que concentran todavía los países occidentales vaya a redistribuirse de forma más homogénea por todo el mundo”: un reequilibrio del que cabe esperar que Asia salga particularmente beneficiada.
La gran paradoja de la desigualdad global y la de los países individuales
Milanovic analizó a continuación la evolución histórica de la desigualdad global con arreglo al coeficiente de Gini, la métrica de uso más generalizado para su cálculo. De su estudio emana que, después de las guerras napoleónicas, ese coeficiente se situaba en el 55%, pero que durante el siglo y medio siguiente fue incrementándose como consecuencia del desarrollo de Occidente.
Al cabo de esa escalada y por espacio de siete décadas, el coeficiente Gini se mantuvo en los 70 puntos porcentuales, mientras que en las últimas cuatro hemos visto que el crecimiento de Asia ha vuelto a equilibrar las tornas, con millones de personas no solo en China, sino también en India, Indonesia, Vietnam o Tailandia pasando de ser relativamente pobres a integrar la clase media o volverse directamente ricas.
En términos globales, la desigualdad ha caído en las últimas décadas, y sin embargo se da la relativa paradoja de que ese fenómeno es percibido como un grave contratiempo en muchos países individuales.
Branko Milanovic
Pero, mientras la desigualdad global cae, la percepción de que empeora crece por momentos en muchos países individuales.

En relación a esa otra desigualdad en clave nacional, Milanovic apuntó que, entre el siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, esta se basó “en las grandes diferencias de desarrollo entre países, pero también en la distancia entre las clases sociales más ricas y más pobres de cada nación”.
Dicho de otro modo, y en términos relativos, “el pobre de un país rico y el pobre de uno pobre vivían en situaciones parecidas”. En cambio, del ecuador de la década de 1940 en adelante, las rentas de las clases sociales más bajas de los países desarrollados empezaron a crecer, y se configuraron los ‘tres mundos’: “el primero, el de los países ricos; el segundo, el de las naciones capitalistas más pobres; y luego lo que todavía conocemos como el tercer mundo”.
Para el ponente, esa fase está superada y hoy nos encontramos en un nuevo periodo: “el de la convergencia global y la escisión interna”, con un equilibrio a nivel mundial que contrasta con profundas diferencias a nivel nacional.
El contexto actual nos obliga a hacernos una pregunta: si asumimos que el auge de Asia va a causar una mayor polarización de la desigualdad en los países ricos, ¿cómo mantenemos las democracias occidentales si la globalización empieza a afectar gravemente a sus clases medias?
Branko Milanovic
En referencia a China, Milanovic apuntó a continuación que, aunque el PIB per cápita chino equivale hoy al de los países europeos más pobres, la distribución de rentas en el país es cada vez más parecida a la de Estados Unidos, y que, si sigue creciendo a ritmos interanuales de entre un 3 y un 6%, “en 2040 su PIB per cápita será equivalente al de un miembro de la UE”.
¿Cuántos y quiénes vivimos realmente en el siglo XXI por los efectos de la globalización?
A la pregunta de si el mundo es cada vez mejor, el ponente señaló que “el auge de Asia ha sido indiscutiblemente bueno para el planeta en términos de reducción de la pobreza y la desigualdad”, pero que un análisis más profundo de esa realidad superficial arroja un dato que haríamos bien en no subestimar. Hoy, el 7% de la población mundial tiene el mismo nivel de ingresos que los habitantes del país más avanzado en 1820 y el 33% vive en las mismas condiciones que el país más rico hace dos siglos, de modo que podemos concluir que “el 40% de la población mundial vive uno o dos siglos por detrás de quienes estamos hoy aquí en Sitges”. Además, de la mitad restante, un 45% vive como hace 50 años, así que, de facto, “solo un 15% de la población mundial vive realmente en el siglo XXI”.

Tras trazar un mapa de vencedores y vencidos de la globalización durante los últimos 30 años, Milanovic consideró a las clases medias-bajas de Estados Unidos, Japón o Alemania las más perjudicadas y la clase media china y el famoso 5% que integran los súper ricos las más favorecidas, y quiso extender algunas recetas sobre cómo encauzar la difícil situación radiografiada en su ponencia.
Contra quienes creen que el hecho de que la globalización no esté funcionando para Occidente deba conducirnos a guerras comerciales, apunta que quizás la solución pase por “grabar mejor al 1% de los más ricos y vehicular esos ingresos, por ejemplo, a una educación gratuita de calidad que engrase el ascensor social y reduzca las desigualdades dentro de las economías avanzadas”.
En el espacio dedicado al debate, el ponente tendió paralelismos entre el crecimiento de las muertes prematuras de trabajadores blancos en países avanzados a lo ocurrido en Rusia tras la caída de la URSS, aunque naturalmente a otra escala: “el desempleo y la falta de autoestima condujo a un auge del alcohol, las drogas y también los suicidios”. En Europa la situación es diferente porque la familia actúa como una red de último recurso, pero Milanovic presagió que eso no va a ser así de forma indefinida.
En relación a la actual guerra comercial entre Estados Unidos y China, el ponente apuntó una paradoja: “desde la Segunda Guerra Mundial, las economías desarrolladas se han preguntado cómo transferir tecnología de los países ricos a los pobres, y ahora que China ha encontrado una forma de hacerlo nos hemos propuesto pararle los pies”.
Por último, y en relación el populismo en Europa, Milanovic lo relacionó directamente con la economía, señalando que “hasta en Finlandia, la clase media ha bajado de ser el 50% de la población en 1980 al actual 45%”.
